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El Foie Gras

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40 rutas del foie

Seis gramos de sal, por tres de pimienta

enero 19, 2021 de elfoiegras

Miquel Sen Tato, Periodista gastronómico.

Si esta colaboración se publica por orden alfabético, es decir, llegada la letra S, el lector ya lo sabrá todo sobre el foie gras, incluso aquello que intuyó y no se atrevió a preguntar.

Por esta razón, no me queda otro camino que contarles como aparece este manjar en mi vida.

Con toda intensidad, pues en mi adolescencia, cuando era escuálido y nervioso (como cambiamos con el paso del tiempo, tanto si comemos foie gras o no) había tenido agradables experiencias con estas interioridades del pato de la mano de mi tío Samaranch, que gustaba invitarme en el desaparecido restaurante Reno de Barcelona.

Años más tarde, en mi segundo y definitivo matrimonio, entré en contacto directo con esta maravilla, en origen. Resulta que un abuelo de Bernadette había salvado el pellejo en la Gran Guerra a un camarada agricultor en las Landras. Le había alcanzado un fusil con tanta fortuna que sobre el arma se estrelló una bala alemana que hubiera dejado al colega por un par de eternidades en el barro de la Marne.

Desde esa lejana fecha se celebraba un encuentro estacional en tierras landesas en el que iban apareciendo y desapareciendo protagonistas, esta vez muertos por causas naturales. La vejez plantea determinados ajustes. Un acontecimiento en el que mi familia de Burdeos se trasladaba a la granja de Rolande para recoger el encargo más gustoso, el lote anual de foie gras.

La entrega se hacía con un ritual particular, delicioso, inamovible. Imaginen por una parte a la familia de Burdeos, asentada durante un siglo en la nobleza vinícola del Quai de Chartrons, por otra los paisanos.

Entre ambos clanes, una mesa protegida bajo el auvent recubierta por un mantel de cuadros. Sobre ella las terrinas de Micuit, la vajilla de fiesta en casa landesa, las copas, los vasos, el salchichón de cuello de pato y el cuchillo inmenso propiedad del sucesor del ancestro milagrosamente salvado de las iras de la bala alemana, reliquia con la que se cortaba un pan gigantesco elaborado en un horno de una antigüedad prehistórica ubicado en las proximidades de Dax.

Los comienzos eran discretamente cordiales. Seguidamente arrancaban las historias, los cuentos picantes, las recetas salmodiadas, en un marco en el que podía haber plantado la cámara el genial Claude de Chabrol, maestro en el arte de filmar el contraste entre estas dos Francias en trance de desaparición.

Ardía el fuego en la chimenea alta, como el año pasado.

En otra, frente a la parrilla, el propietario de la granja preguntaba invariablemente:

            ¨¿Qué le parece el vino señor Raymond?¨

La respuesta era la deseada:

            “de la piquette, Jules. En el coche tengo una caja de un buen Pomerol que seguro le

            gustará más que este”.

Se hacia el cambio mientras la dueña repetía a su descendencia la historia del proyectil. Luego el protagonismo correspondía a Rolande: yo sigo fielmente la receta de terrina de canar que me dio Mimi. No hay otra.

Primero los patos deben estar engordados con maíz del año anterior. Maíz seco. El del año les da humedad. Nada de máquinas, hay que gabarlos a mano, cuidando que el animal no coma ni mucho ni muy deprisa, tiene que quedar en el suelo ligero, no aturdido. Si, como ha pasado este año, no lo sacrificó a todos, los que quedan vivirán como príncipes y tendré que cortarle las plumas de las puntas de las alas de las hembras para que no se escapen cuando lleguen las grandes bandadas salvajes del norte. Sobre todo, cuando se llena la terrina hay que colocar en la parte superior el lóbulo mas grande.

Daba un sorbo intenso a su vaso de vino y chillaba: Bernadette seis gramos de sal para un foie de 600, o doce para un quilo, tres de pimienta y media de café de cuatro especias. Mézclalas bien y repártelas con los dedos, con toda tu paciencia. El calor de la mano te ayudará.

Ya tenía el horno encendido cuando colocaba las futuras conservas al baño maría en agua hirviendo, mientras volvía a aullar (Rolande se estaba quedando algo sorda):

            ¨ahora entre quince y veinte minutos según el foie. Eso solo se sabe con la práctica¨.

Desde los sarmientos en brasas surgía el chirriar de la grasa noble de los entrecots mientras que, en fuego aparte, acariciados por las alegres llamas de pino doraban las carcasas de los patos que habían entregado su cuerpo en el altar del foie, el confit y el magret.

Era hora de las rillettes, las ceps fritas en aceite de oliva con los sombreros enteros, las patatas, también fritas, pero en grasa de pato, aptas solo para rugbymen, los recuerdos (otra vez la bala alemana), la mención a la tantina de Burgos, una huérfana de padres fusilados en la ciudad de la catedral, ausente por causa mayor, y de cómo Marie había conseguido que la enterraran en la misma tumba de su marido y su amante en un ménage à trois infinito.

Se cortaban las porciones de foie gras marbreado, exquisito y se abría el Sauternes mientras Rolande aseguraba en voz bien alta que el día en que se impusiera las máquinas para fabricarlo y las aves no dispusieran de campo, un buen estanque y del cariño de sus amos, las conservas serían una miseria. Exactamente no decía miseria, pero si nos recordaba que el foie gras es un obsequio que nos hacemos los días de fiesta gracias a un pacto con la naturaleza.

Aparecía el botellón de Armagnac, siempre Dartigalongue. No les cuento el fin de esta fiesta. Como seguro son aficionados a la buena mesa, la podrán intuir.

Miquel Sen Tato, Periodista gastronómico.

Editor de gastronomiaalternativa.com

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Publicado en: 40 rutas del foie

¡El foie gras, el gran desconocido para mí y para muchos de sus detractores!

enero 18, 2021 de elfoiegras

Miguel Casas Sánchez, comentarista gastronómico

Tengo que confesar que empecé a disfrutar del foie, de mayorcito y me estoy dando prisa para recuperar, el tiempo perdido. Es sin duda, junto al jamón ibérico de bellota, el caviar, las angulas y los trufas, las estrellas de lo que denominamos productos gourmet y son los que nos gustarían que presidieran nuestra mesa, en las ocasiones extraordinarias.

Sin duda, el Foie, es el más asequible entre los que he mencionado, en sus tres variantes: en fresco, en semi- conserva y en conserva.

El foie gras fresco, es el hígado crudo del pato, alimentado siguiendo criterios tradicionales, envasado al vacío y cocinado a la plancha en lonchas de 1,5 cm de grosor, salpimentado.

El foie gras en semiconserva, se elabora con el hígado graso de pato, cociéndolo a baja temperatura, entre 72 y 85 grados, pudiéndose conservar por un periodo de hasta 6 meses. De esta forma, el hígado pierde poca grasa y mantiene toda su textura y sus cualidades organolépticas.

El foie gras en conserva, se elabora como el anterior, sometiéndole a una cocción, en un recipiente hermético, a una temperatura de entre 105 y 108 grados, pudiéndose con este procedimiento conservarlo hasta cuatro años.

El pato si me permiten el símil, es como el cerdo “se aprovecha todo”, no solo lo descrito anteriormente. Los platos preparados con el confits, el magret, el gésier, el coeurs, son otras de las exquisiteces, que se consiguen con esta técnica del cebado.

Las referencias más antiguas sobre este manjar, se encuentran en Egipto, a finales de la IV dinastía, sobre la tumba de Ti. Se observa la imagen sobre la piedra de cómo forzaban a las ocas a comer higos. Esta costumbre de forzar la alimentación de los ánades, se extiende posteriormente, por la antigua Roma y Grecia.

El tratadista romano Lucius Junius Moderatus Columela, natural de Cádiz, año 76 d.C., habla en sus Doce libros de Agricultura, en su capítulo VIII , titulado “Aves de Corral”, “  dice que para engordar a las ocas y los gansos , es un trabajo muy fácil, porque no hay necesidad de darle otra cosa más que polenta y flor de harina tres veces al día, con tal de que puedan beber copiosamente y no se les deje libertad para andar de unas parte a otra y estén en un sitio caliente y oscuro”.

A lo largo de los tiempos, el hombre ha sabido seleccionar las distintas aves y aprovecharse de lo mejor de cada una. Las gallinas, los pavos, los faisanes, patos, gansos, tuvieron un uso especial para el suministro de carne, huevos y otros usos.

Todas poseían un buche, que les servía de despensa para almacenar grandes cantidades de grano, que procesaban moliendo a través de la molleja, que en las aves es un músculo y no una víscera.

Este conocimiento, le permitió al hombre darse cuenta que algunos patos y gansos, tienen unas características especiales, que los hacen diferentes al resto de las aves.

Estaban diseñadas para migrar volando, grandes distancias y que desarrollaron la capacidad de almacenar mucha grasa(+40%) en el hígado, lo que a otros especies y animales les produciría una inmunidad ante la esteomatitis, enfermedad letal, pero que a ellos les servía de depósito de combustible y alimento para sus largas travesías por los helados cielos.

Están dotadas de un esqueleto fuerte, que les permitía tener un hígado muy desarrollado, muy graso, donde almacenaban cantidades de grasa para poder hacer, el enorme esfuerzo en los largos recorridos de miles de kilómetros.

En el 95 % de las granjas dedicadas a la obtención de estos productos, utilizan el “pato mulard”, un híbrido entre el pato macho Barbarie y una hembra Pekín. Este cruce, permite obtener un pato robusto que desarrolla una carne con muchísimo sabor. La hembra pequinesa aporta su docilidad y su puesta, mientras que el macho aporta su potente estructura muscular y una calidad de carne excelente. La UE, ratificó que para la elaboración de productos del pato, solo se pueden emplear machos, quedando las hembras para la reproducción de la especie.

El crecimiento del pato destinado al embocamiento, es muy importante. Es necesario un buen desarrollo del esqueleto, una buena musculatura, un buen plumaje y un excelente estado sanitario.

Los patos productores de hígado pasan por varias fases en el proceso de crianza. Deben criarse de forma normal hasta la octava semana. Pasado este tiempo se someten a un proceso de “preguiaje” en el que el pato se acostumbra a ingerir la ración cotidiana de maíz en una sola comida, para así prepararles el aparato digestivo para el siguiente proceso. A las 12 semanas empieza el embuche y pasados 15 o 20 días el hígado alcanzará el peso de entre 400 y 900 gramos. El animal pasará de los cinco quilos.

Con esto el pato pasa a su sacrificio, previa anestesia, que evita por completo, el sufrimiento del pato en su muerte.

El invento del foie gras como tal, recae sobre el cocinero francés Jean Pierre Clause, que fue cocinero del Mariscal Contades. Este se lo ofreció al rey Luis XV y le puso el nombre de Paté a lo Contades.

A la muerte del Mariscal, el cocinero recuperó lo que era suyo, se casó con la viuda de un pastelero y empezó su fabricación para su venta, haciéndose muy popular entres sus congéneres por la manera de conservar, este hígado de oca.

Posteriormente el señor Doyen, cocinero del Presidente del Parlamento de Burdeos, le añade la trufa y en 1792, abrió su primera tienda en Estrasburgo, se vio obligado a huir y su marca obtuvo un gran prestigio, siendo en la actualidad, la más veterana de Estrasburgo.

En nuestros días, es un producto perseguido por algunas asociaciones animalistas, que están en campaña permanente contra las técnicas que se utilizan para el engorde de estas aves.

En Europa los países donde se producen foie gras, son Francia, Bélgica, Bulgaria, Hungría y España.

En España hay más de una treintena de empresas, dedicada a la elaboración del foie y sus derivados, repartidas por Cataluña, Navarra, País Vasco, Galicia, Castilla León, Alicante Valencia, Andalucía y Extremadura.

Según datos de la Federación Europea de Foie Gras, en España se produce el 2% del Foie que se consume en el mundo, no son grandes cifras, pero somos el segundo consumidor de este producto, en 2018 se vendieron en torno a las 3500 toneladas.

Como estoy seguro, que a los primeros que les interesa, cuidar su productos son a los criadores y fabricantes de este preciado bien, pondrán todo lo que esté de su parte, para que los animales, vivan con la mayor dignidad posible, sin que repercuta en su calidad.

Miguel Casas Sánchez, comentarista gastronómico

Editor y autor de “La Guía Miguelín”

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Publicado en: 40 rutas del foie

Momentos estelares del foie gras

enero 15, 2021 de elfoiegras

Miguel Ángel Almodóvar, investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía.

La historia del foie gras deambula casi en paralelo con la de la civilización humana, a partir del establecimiento de los estándares que empiezan a inscribir a la manducaria como elemento esencial de la cultura, lo que se evidencia, por ejemplo, en los bajo relieves de las tumbas de la V Dinastía egipcia de los dos mil antes de Cristo, en los testimonios de los antiguos griegos, que abundan en el cebado de las ocas con trigo majado en agua, o en los primeros escritos coquinarios de los romanos del Imperio, como en el ‘De re coquinaria’ de Apicio, donde consta la primera receta escriba bajo el nombre de Iecur Ficatum.

Pero el cambio de paradigma culinario no se produciría hasta los años postreros del ‘Ancien Regime’ que fue derrocado por el vendaval de la Revolución Francesa y que alumbraría la eclosión de la gastronomía tal y como hasta hoy la entendemos.

En 1768, veinte años antes del inicio del proceso revolucionario, Jean-Pierre Clause, cocinero del mariscal Louis Georges Érasme De Contades, pergeñó el primer añadido al simple hígado rosado de patos y ocas, rodeándolo con un picadillo de carne de vaca y recubriéndolo con una fina capa de pasta. Tras cumplir con su compromiso con el que fuera uno de los militares franceses más destacados durante la Guerra de los Siete Años, fue a casarse con una viuda de gran fortuna residenciada en Estrasburgo, que, entre otros usufructos, poseía una espaciosa panadería con enorme y eficaz horno de leña. Fue allí donde se dedicó con afán a la elaboración y venta de pasteles de foie-gras que le otorgaron notoriedad y fama.

El segundo gran molde lo rompió la Revolución, que permitió a los grandes cocineros de la nobleza emanciparse y comenzar a crear para una clientela mucho más diversificada y en competencia por ascender en la escala social sobre los peldaños de la exquisitez en la mesa.

Uno de sus máximos exponentes vendría a ser Nicolas Doyen, quien había estado al servició del primer Presidente del Parlamento de Burdeos y que un buen día se dejó caer por Estrasburgo para popularizar su idea de añadir trufas al ya muy famoso pastel de Clause. Había nacido el foie gras trufado que el compositor Gioachino Rossini consiguió elevar años después a categorías paradisíacas de las bienaventuranzas del paladar.

El tercer hito, aunque este trufado no solo con hongos ascomicetes de la familia Tuberaceaesino sino con adenda de subjetivismo castizo de quien esto escribe, cuando un buen día de 1954 “el animal más hermoso del mundo”, Ava Gardner, llegó a Madrid-Barajas procedente de Roma donde acababa de rodar ‘La princesa descalza’. Sin descalzarse, la famosísima actriz cinematográfica se fue a visitar el Museo del Pardo, luego se trasladó a Chicote para embaularse unos cócteles y más tarde se dejó caer por el restaurante Jockey, donde el gerente del local, Clodoaldo Cortés, la animó a que probara las Patatas San Clemencio, una de las especialidades de la casa. A la diva debió de parecerle que unas simples papas no estaban en consonancia con el caché, antememoria o memoria intermedia, del fastuoso local, pero su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que, delicadamente acompañadas de trufa, foie gras y tuétano, convertían el bocado en algo excelso y eminente que guardaría en la memoria del paladar hasta el fin de sus días.

El cuarto y último guardacantón histórico sucedió un día de vaya usted saber cuando y en una recepción durante cuyo transcurso fueron presentados una dama de la alta sociedad y un humorista centroeuropeo. La señora le hizo saber que le fascinaban sus obras y él le respondió: “Pues lo lamento por usted porque admirar a un humorista y llegar a conocerlo, es como disfrutar del foie gras de oca y un día conocer a la oca”.

Ahí empezó a torcerse la cosa.

Miguel Ángel Almodóvar
Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía.

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Confesión de un foodie en -formación permanente-.

enero 14, 2021 de elfoiegras

Miguel A. Sánchez, Las Manos en la Mesa

El DESEO por el <<foie gras>>, posiblemente se lo debamos en gran parte a nuestras madres, cuando en aquella ardua tarea de preparar a diario, las meriendas de los más pequeños de la casa. En la que había ganado su espacio en el calendario los bocadillos de paté “fuegras”, tocaba los martes. Aquellas latas y su tapa negra que llegaría aún más tarde, marcaron el camino por descubrir este delicioso manjar, que es el <<foie gras>> de pato o de oca. Será su color, el aroma, la textura suave y untuosa, pero sobre todo el sabor, -exquisito y delicado- que envuelve el paladar como una fina “seda” que tanto gusta mantener en boca, momentos antes de que finalice su viaje.

El conocimiento y la experiencia te enseñan como degustarlo, hemos realizado barbaridades con este delicado y elegante PRODUCTO, desde espachurrarlo frente a trozos inmensos de pan, hasta subirlo a lo más alto del lomo de algún animal, y la verdad que no se lo merece, a mí personalmente me gusta tomarlo solo, -pedacito a pedacito-, desnudo y sin ropajes. Su pareja de baile es perfecta con un vino blanco, que al menos deberá poseer un mínimo de complejidad y cuerpo. Pero sin duda, me apasiona “bailarlo” con burbujas finas, de un buen Cava o un Champagne.

Confieso ser un enamorado de este <<delicatessen>> que -bocado a bocado-, gusta tomarlo con moderación, es más, es de los productos que es mejor quedarte con ganas, que no hartarte, así la próxima degustación sabrá mejor que la anterior.

Espero seguir encontrándome a lo -largo y ancho- de nuestra geografía, aún con las gentes, que trabajan por mantener viva la producción de este sublime alimento. Un “CUAC CUAC” mayúsculo por los ganaderos de nuestro país que siguen trabajando duramente para alimentarnos al resto. Gracias a toda la cadena de personas que lo hacen posible.

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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El bocadillo de foie gras

enero 12, 2021 de elfoiegras

María Zarzalejos, Periodista gastronómica y escritora

La primera referencia que tengo en mi memoria relacionada con el pato, es el bocadillo de foie gras que me comía cuando era pequeña. Una vez a la semana tocaba ese bocadillo para merendar. A mis hermanos y a mí nos encantaba el de la marca Bolado que era el que se compraba en casa para tal fin. En algún momento, se me ocurrió poner encima del foie gras unas onzas de chocolate con leche de la marca Chobil. Aquel bocadillo triunfó.

Tengo que reconocer que la merienda era mi comida preferida. Significaba que habían terminado las horas de clase en el colegio del que, por cierto, tengo muy buenos recuerdos, pero, a la vez, significaba recuperar mi libertad, llegar a casa, estar los cinco hermanos juntos (las chicas íbamos a un colegio y los chicos a otro) y, antes de empezar a hacer los deberes, celebrábamos el cónclave de la merienda que incluía, además del bocadillo, el cola cao y las anécdotas del día, que no eran pocas.

Hace años que no veo en ningún sitio el foie gras de la marca Bolado aunque sé que sigue existiendo. Por otro lado, el chocolate Chobil (Chocolates Bilbaínos) arrasaba en el País Vasco y llegó a ser una gran empresa que tuvo en sus orígenes y posterior desarrollo, alianzas económicas importantes y de otra índole que han marcado su historia.

Pero vuelvo al pato. En Bilbao, donde nací y viví hasta los dieciocho años, había costumbre, entre los sibaritas de la mesa, ir a Las Landas a comer Foie con uvas. Yo lo comí en mi casa en mi adolescencia y tengo que confesar que me preparé varias rebanadas de pan sobre las que puse lonchas de foie y encima alguna media uva pelada con su salsita. Cuando iba a disfrutar de la segunda tostada, mi padre me dijo, muy divertido; María, hija, esto no es el Bolado…. Efectivamente, no era el Bolado. Con el tiempo, aprendí a valorar el foie como se merecía.

A lo largo de los años, he comprobado que es precisamente el hígado y la pechuga o magret, las partes que más se conocen y comercializan del pato. Las elaboraciones derivadas del hígado son muchas; patés, mousse, micuit y, como no, el foie gras. El muslo y contramuslo de esta ave se comercializa en forma de conserva de pato confitado. El jamón de pato, que es la pechuga sometida a un proceso de curación con sal gorda y algún ingrediente más, es otro producto elaborado que tiene mucha aceptación, no sólo por su sabor sino también porque su estética transmite delicadeza.

La presencia de cualquiera de los productos derivados del hígado de pato en algunos platos aportan un algo especial. Por ejemplo, incluirlos en rellenos de carne para canelones; en farsas para rellenar pulardas o faisanes; tostaditas de pan grillé o en minitartaletas de hojaldre con un poquito de mermelada de frutos rojos o de manzana especiada. Y, como no, quiero hacer referencia a la exquisita crema de garbanzos con filetito de foie a la plancha que en su día creó Hilario Arbelaitz y que marcó un hito en la cocina del momento. También recuerdo un maravilloso solomillo con foie a la plancha con un fondo oscuro sublime que comí y disfruté en Atrio en su ubicación original y bajo la mano maestra de Toño Pérez. Dos ejemplos de la versatilidad del foie.

Pero, siempre hay un pero, en España hay muy poca tradición de cocinar el pato. No encuentro en ningún restaurante (y seguro que los hay) un pato a la naranja, que es una maravilla aunque con una preparación algo laboriosa o un pato con peras o algo que me apasiona y que es una terrina que lleve pato, además de otras carnes, acompañado de rebanadas de pan fresco y una ensalada de lechuga tierna -sólo de lechuga- de esas pequeñitas de hojas de color verde claro y que crujen al comerlas.

En España hay varias empresas dedicadas a la cría de patos y elaboración de sus productos derivados, así que no nos saldríamos de lo nuestro. Me encantaría que igual que se promociona el cordero o el conejo, se hiciera lo mismo con el pato, que se puede adquirir fresco en tiendas de caza especializadas o congelado con excelentes resultados. Cocinar el pato es todo un reto para los iniciados en la cocina, pero que animo a que lo hagan y se sentirán satisfechos.

También recomendaría a todo aquel que tenga curiosidad, que leyeran algún libro y saborearan la tradición del pato y del foie que tienen en Francia. En el año 1739, aparecen en el libro Les Dons de Comus, “pequeños patés de foie gras” y un “paté de Perigord” que probablemente era de hígado de pato y el “paté de Toulouse” que era considerado como el entremés más caro que se podía encontrar en las selectas mesas del siglo XVIII. El paté de Perigord estaba elaborado con trufas, cosa que no es de extrañar, porque siempre han tenido fama de ser de una gran calidad. De hecho en 1740, el Cusinier gascon, cita a los “pequeños patés de foie gras con trufas”. Con el tiempo se añadiría a esta lista, “el foie gras confitado del Perigord”.

Con los aromas de la trufa de Perigord, incluida en foies, patés y terrinas, termino estas líneas dedicadas al pato y con la promesa firme de elaborar un pato a la naranja y buscar el foie gras Bolado para prepararme un bocadillo.

María Zarzalejos
Periodista gastronómica y escritora

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Elogio del foie gras. Amor a primera vista

enero 11, 2021 de elfoiegras

María Jesús Gil de Antuñano, Escritora gastronómica

Y por fin nos encontramos. Fue una sorpresa y un encuentro feliz. Yo ya sabía algo de su padre el pato mulard, y de sus parientes los barbarie, palmípedos todos con la misma capacidad de engorde y absorción de alimentos. También sabía que la disposición del buche de toda la parentela cuando eran todavía salvajes, era para almacenar subsistencias que les permitiera hacer largos recorridos. Había leído que a sus antepasados los cebaban los egipcios con higos secos para forzar su engorde en pocas semanas, y que los romanos, prácticos en aprovechar todo lo bueno de sus conquistas, naturalmente se apuntaron a esa delicia. Nos lo cuenta Scipion Metellus que además de historiador era un gourmand, y dice que, aún caliente el hígado, se debía poner a remojo de leche con miel durante varias horas… Hasta aquí mi relación con el foie gras. No sabía más.

Soy niña de la postguerra, hermana pequeña de familia numerosa y harta de oír: ¿pan?, tú no sabes lo que es pan, pan el de antes de la guerra… ¿y muñecos?, para muñecos los que tenían tus hermanas de celuloide rosado y con pelo de verdad…Pues lo mismo me pasaba con el fuagrás. Resultaba que esa crema grisácea que te untaban en el bocadillo de la merienda, no era foie gras. La verdad es que no me gustaba mucho, prefería el leberwurst que me daban en casa del tío Ramón… Hasta que un día, mi padre decidió que todos fuéramos a comer foie gras y pato a la naranja… Y fuimos. Y por fin nos encontramos. Y surgió la amistad.


No era una pasta, ni se parecía en nada a lo que yo suponía que iba a tomar. Era una rodaja de foie gras micuit, de tono rosáceo y salpicada con brillantitos de sal gorda y rubíes de granada. Tenía algo más pero, mi atención se centró en el mordisco que le di a un trocito… se deshacía en la boca y bañaba el paladar de un sabor distinto y especial… No lo pensé más y firmé mi leal amistad para siempre.


En aquella época el foie gras no era muy conocido en España, quizás en el Norte sabían algo porque lo compraban en Francia. También lo disfrutaba una minoría de gastrónomos y por supuesto alguno de los pocos restaurantes de lujo que entonces teníamos. No obstante la Marquesa de Parabere en su Enciclopedia editada por primera vez en 1.932, expone una larguísima y delicada preparación -que dura más de dos días -entre remojo y cocción. Se inclina más por el foie gras de oca y por los hígados de gran tamaño, en los que la presión del dedo no deja huella por tener menos grasa.

La misma escuela se encuentra en el Larousse gastronomique, mientras que autores más modernos hablan más del foie gras de pato, más fácil de criar, por lo que resulta más rentable. También consideran que el peso debe estar entre los 450 y 600 gramos, mientras que antes se valoraban más los de mayor peso, hasta 3 kilos se dice que llegaron a tener los de oca…


En España tenemos excelentes criaderos de patos desde hace más de 50 años. Remito a un reportaje de Enric Canut publicado en Sobremesa en Mayo de 1987, cuando la primera granja llevaba ya 11 años cebando patos para conseguir foie gras. Es interesantísimo.


Pasó el tiempo y mi amistad con el foie gras fue evolucionando y como soy cocinera me dediqué a trabajarlo. Me encantan unos escalopes de foie gras, vuelta y vuelta en sartén de hierro a fuego vivo, servidos sobre unos gajos de manzana salteados con mantequilla, una pizca de azúcar y bañados con calvados. A veces la sartén del foie gras la desglaso con unas cucharadas de oporto y de caldo, y lo vierto por encima.


Mi versión del micuit está simplificada (si la Parabere levantara la cabeza…) Después de quitar las venas hay que ponerlo a remojo de agua con hielo 2 horas. Escurrirlo, secarlo y sazonarlo con abundante sal y pimienta. Remojar un paño de cocina con oporto y coñac mezclados, envolverlo y macerar una noche. Envolverlo en papel film, darle forma de cilindro rodándolo sobre la mesa y atar los extremos. Introducirlo en el micro ondas durante 2 minutos al 100%, descansar 15 minutos y volver a introducirlo otros 2 minutos. Guardar en la nevera para consumirlo a las 24-48 horas.


Que usted lo disfrute

María Jesús Gil de Antuñano, Escritora gastronómica

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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