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El Foie Gras

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40 rutas del foie

La engorda del pato y su futuro, comentarios de un chef.

enero 7, 2021 de elfoiegras

Chef Juantxo Sánchez, Director de gastronomía Hoteles Mundo Imperial.

Tengo un grato recuerdo del sonido que hacían en las persianas de las ventanas de mi casa los guijarros que nos lanzaba un amigo francés de mi padre François.

Era el preludio de una salida a pescar a Guetaria o a San Juan de Luz habitualmente, con la consiguiente comida que habitualmente traía nuestro amigo.

Esa fue la primera vez que tuve contacto con varios productos franceses y algunas recetas que Fifi su esposa nos mandaba.

Mi primera ensalada de remolacha, un apio remoulade, un buen y gustoso Gateau Basque hecho con cerezas de Itxassou me fueron haciendo adicto a algunos productos y recetas.

Especial impacto tuvo en mi mi primera Andouille,servida fría como embutido acompañada de un pan de campagne con nueces. Pero la gloria llego cuando un día nuestro amigo saco un pequeño bocal de vidrio dentro del cual una leve grasa amarillenta dejaba entrever algo que me impactaría para siempre, un buen pedazo de Foie gras entero cocinado al baño maría.

Yo que me alimentaba de un paté Apis, muy bueno por cierto, empece a preguntar que era la delicia que estaba comiendo, que era tan distinto a mi paté de siempre.

Oí hablar de patos y ocas engordados con maíz, de foie gras y confits, producto este del que sigo enamorado. Paso mucho tiempo antes de que profundizara más en el tema, eso paso cuando entre de alumno en la escuela superior de cocina de San Sebastián y mi profesor, Luis Irizar me enseño un foie gras enterito y fresco, lo bueno vino después cuando lo comí preparado por un gran amigo y chef, Pedro Gómez, Valias “Pescadilla”, él era el chef demostrador de la Empresa Martiko.

Fue precisamente en una visita a esta empresa y a sus criaderos en Aranaz, Navarra, cuando vi como disfrutaban de su semilibertad los patos moulard con los que trabajaban, aquí quiero hacer hincapié en la gran ayuda para la producción que supuso la introducción de un pato de origen centroamericano así como el uso del maíz como sistema de sobrealimentación de los moulard y otros patos usados.

Eran esplendorosas las campas de Aranaz llenas de patos felices y alimentados de manera natural, que solo al final de su madurez reciben una sobrealimentación que los hace engordar y producir ese excelso producto que es el foie gras.

Hay que resaltar que fuimos los humanos los que aprendimos de los patos y usamos en nuestro beneficio la engorda o gavage que de manera natural antes de sus kilométricas migraciones hacen los patos, todo esto paras llenarse de grasa que utilizaran como combustible para su viaje.

Hoy en día cada vez se cuida cada vez mas el trato amable y cuidadoso al engordar los patos, ya que el estrés es enemigo de un buen resultado en la engorda.

Ojalá todos los animales que consumimos tuvieran el mismo trato que nuestros amados patos.

No se me olvida una entrevista al expresidente de Francia François Miterrand en el que un ecologista le cuestiono el tema del gavage de los patos, el presidente en ese entonces bajo la cabeza, aparentemente preocupado, pero luego con un atisbo de ironía pregunto a su interlocutor:

-¿Está usted seguro que el animal que proporciono la piel para hacer sus zapatos vivió tan feliz como los patos de los que usted me habla?

Fin de la historia.

Chef Juantxo Sánchez

Chef vasco, español e internacional, Director de gastronomía Hoteles Mundo Imperial, Acapulco, Guerrrero, México. Chef profesor y juez en Masterchef México.

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Publicado en: 40 rutas del foie

Reconozco que tengo una relación amor odio con el foie gras

enero 5, 2021 de elfoiegras

José Ribagorda, Periodista Tele 5

Sus virtudes gastronómicas son indudables y ante ellas he caído seducido en innumerables ocasiones, pero, al mismo tiempo, el abuso que se ha hecho de él, sobre todo por seudo chefs, me ha provocado un hartazgo más que considerable.

Durante mucho tiempo no había restaurante que coqueteara con la vanguardia que no te ofreciera foie de una y mil maneras, a cada cual menos atractiva. Hasta la saturación, porque acaba cansando.

Dicha esta reflexión, tengo que confesar que estamos ante una verdadera joya gastronómica y que con como tal hay que tratarla, con el don de la exclusividad.

Hablamos del hígado de ganso, oca o pato hipertrofiado por el tipo y modo de alimentación que se les suministra.

Conviene diferenciarlo del paté, un derivado cárnico elaborado a base de vísceras fundamentalmente del hígado, pero también procedente de otros animales a las que se añaden diversos aditivos y hasta especias. Las diferencias son notables.

He disfrutado mucho con el buen foie gras, inspirado por una tradición de buen gusto gastronómico que se remonta al antiguo Egipto y que, como en tantas otras ocasiones, ha sido Francia la que elevó su consumo a la categoría de excelencia.

Aunque también debo decir que las campañas, oportunistas e interesadas en muchos casos, de los movimientos animalistas sobre los métodos de engorde de los animales que tanta mella han hecho ya, me han invitado a la reflexión.

Soy un beligerante defensor de la tradición, pero entiendo que esta no puede, ni debe caer en el inmovilismo.

Los nuevos tiempos pueden condicionar cambios que no deben caer en el menoscabo ni dejar de tener en cuenta. La propia supervivencia de sabores y costumbres del ayer puede quedar salvaguardada con ello.

José Ribagorda

Periodista Tele 5. «Cocineros sin estrella», blog » De las Cosas del Comer»

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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A la espera del Foie Gras perfecto

enero 4, 2021 de elfoiegras

Javier Compás, escritor y poeta

Todo gastrónomo guarda en su memoria sensorial, pues en la gastronomía intervienen todos los sentidos y no solo el gusto, momentos gratificantes, sitios, aromas, sabores, sensaciones en definitiva, que les proporcionó algo que probó. Un plato creado por un cocinero, pero también un producto único, solo, a pecho descubierto, como se dice tomando la frase, como tantas, del mundo taurino. Esos productos únicos son tan especiales que, cuando hablamos de alguno de ellos evocamos aquel que probamos en una fecha y en un sitio concreto.

Recuerdo un luminoso mediodía en la playa de Bajo de Guía (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz), donde las aguas verdosas del Guadalquivir se unen a las del Atlántico, entre la raya de Doñana y las arenas de Sanlúcar. Las barcas de los pescadores pespuntean la zona, un paseo marítimo a ras de arena donde se suceden bares y restaurantes de intenso sabor marino. Era principios de los noventa, no recuerdo el año concreto, cuando en la barra de Bigote probé los langostinos más exquisitos que recuerdo, los he vuelto a comer allí y en muchos otros sitios, pero aquellos fueron especiales, quizás porque aún era yo muy joven y mi capacidad de impresión gastronómica estaba mucho menos saturada que ahora.

Bastantes años después recuerdo unas ostras en una pequeña taberna de Burdeos, muy cerca de las aguas del Garona. Soy un fan de las ostras, que como cuando puedo, espaciando las ocasiones, porque creo que esos placeres no deben ser demasiado frecuentes, para que no pierdan su encanto. Aquellas me parecieron extraordinarias. Hay otros productos que están en el panteón de los manjares ilustres de la gastronomía. El jamón ibérico de bellota es uno de ellos, pero, lo que decía antes, tal vez por la frecuencia con las que en Sevilla se come esta joya de nuestras sierras, es difícil destacar un plato en especial, aunque recuerdo con mucho cariño, y sabor, uno que compartí en la barra del Bar Las Teresas de Sevilla con mi amigo José Antonio Martín “Petón” y con la, entonces mi editora, Rosa García Perea. Finas lonchas rojizas veteadas de grasa que se fundían en la boca, acompañadas de Manzanilla sanluqueña, desde la pared, los trabajados cuchillos jamoneros, cada uno con su fecha de inicio laboral y de jubilación, nos contemplaban.

También he probado de los mejores caviares, pero al ser un producto que considero sobrevalorado y que, estando muy bueno, no acaba de parecerme algo excepcional, o quizás por no haber tenido esa ocasión especial en algún momento, no tengo guardado ningún bocado apasionante de las huevas de las esturionas (si se me permite el feminismo).

Esto último tiene mucho que ver con la inseparable relación entre un momento de disfrute y la percepción sensorial de lo que estamos tomando. Por ejemplo, en mi larga carrera como director de catas de vinos, no falta casi nunca quien evoca aquel que probó viajando con su pareja, con unos amigos, en aquella cava subterránea de una bodega de piedra antigua y barricas de aromas a roble, es normal, siempre les digo, estaba usted de vacaciones, relajado, disfrutando de un placentero viaje y bebiendo el vino en su entorno natural. Quiero decir con ello, simplificando, que todo está más rico cuando lo compartimos en buena compañía y nuestro espíritu se encuentra relajado y predispuesto al goce.

Pues bien, todo esto me lleva a reconocer que no he probado aún ese Foie Gras, uno de esos míticos productos del Olimpo gastronómico, que se me quede impreso en la memoria para evocarlo toda la vida. Naturalmente he probado buenos hígados de pato, y he disfrutado mucho con los mejores, un producto delicado, lleno de sabor, con una textura acariciante en el paladar que te conducen a una sucesión de sensaciones gastronómicas difícil de igual. Pero me falta ese momento inolvidable especialmente perdurable, no solo en la memoria gastronómica sino también en la meramente vital. Probablemente debido a ciertos perjuicios, más por la desinformación que por la realidad, es menos frecuente encontrarlo en las cartas de los restaurantes, no digamos de eso que se ha dado en llamar los gastrobares, por tanto, los jóvenes que se incorporan al mundo gastronómico tienen menos referencias de buenos Foie Gras, peor aún, en España tenemos el hándicap de la permanente confusión entre el hígado de pato y los diversos patés que se sirven y venden con el nombre de Foie Gras.

Yo, mientras tanto, seguiré a la espera de ese Foie Gras ideal, perfecto, aquel que quede grabado en mi memoria sensorial para el resto de mis días, que espero sean aún muchos y cargados de buenos momentos gastronómicos, y ustedes que lo vean (y lean).

Javier Compás

Periodista especializado en vinos y gastronomía

Escritor y poeta

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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«Rebelión en la granja»

diciembre 30, 2020 de elfoiegras

Francisco López Canís, creador y Presidente Honorario del Grupo Gourmets

Viví mi adolescencia agazapado en el extremeño APIS, elaborado mayoritariamente con grasa de cerdo, apenas había alternativas al alcance de mi escaso bolsillo.

Por diversos avatares de la vida irrumpí en el mariachi gastronómico y supe de la existencia de esta otra grasa, reverenciada en la vecina Francia con alguna otra incursión procedente de las lejanas Hungría, Bulgaria y Bélgica.

Con el paso del tiempo y, sobre todo, en el último cuarto del siglo pasado, acompañado de los cuatro lustros del actual, asistí a la canonización de este producto elaborado en múltiples aplicaciones, tanto en la nueva cocina como en la tradicional.

Paralelamente en España se multiplican una línea de preparaciones con esta grasa cuyos ingredientes básicos eran la carne de cerdo así como la grasa de oca y el pato con sus derivados, estos dos últimos destierran al primero en aras de una mayor calidad.

Al amparo del auge de nuestra gastronomía, desde los 70 hasta hoy, alcanza un gran protagonismo y, adquiere la consideración de ingrediente de calidad cuya presencia era obligada en las mejores mesas, públicas y domésticas; los cambios socioeconómicos del último decenio surgen movimientos grupusculares en contra del foie-gras, destaca la prohibición generada en USA cuya trayectoria gastronómica sería discutible, aunque también es tangible la evolución positiva en los últimos tiempos.

Coincide cronológicamente con la irrupción de movimientos animalistas en favor de las condiciones de vida de la fauna superviviente. Obvio resulta decir apelando a la manida libertad de expresión que todos tenemos derecho a expresar nuestra opinión sobre los temas cotidianos más dispares, y, como no podía ser menos con la moda actual sobre la gastronomía.

En los tiempos que estamos viviendo, pre y pospandemia, aflora la sensación de movimientos politizados en los más diversos campus: la economía, el deporte, las religiones, la ciudadanía, etc…

Así es el tsunami político que nos invade y al que no podían estar ajenos los placeres de la mesa, para algunos un anatema político-social, aquí se hermanan la ignorancia con la tergiversación ideológica, ¡Qué pena!

Ciñéndonos a octubre 2020, con la complicada situación que padecemos y sobre todo, la incertidumbre que nos aguarda, detectamos las ventajas que nos ofrece la praxis de la utilización de este producto en varias vertientes.

Detrás de este producto hay una respetable industria que incide en el campo laboral, mantiene la presencia en el mundo rural, alejando el éxodo, apoya a una floreciente industria conservera, globaliza su consumo y utilización, sin desdeñar que sirve para desarrollar las cocinas y cocineros públicos y domésticos.

¡Hasta qué punto vale la pena cuestionar la historia pasada con los ojos de hoy!, pues eso, mejor no sacrificar una tradición plausible en aras de una corriente, discutible y con orígenes ajenos al tema que nos ocupa. Más aún, España es el segundo consumidor mundial de foie-gras (oca y pato). Nuestras zonas geográficas de producción y elaboración, se localizan en Castilla y León, Navarra, País Vasco, Cataluña y Aragón.

Francisco López Canís

Creador y Presidente Honorario del Grupo Gourmets

*trampantojo orwelliano

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Y surgió el foie gras…

diciembre 29, 2020 de elfoiegras

Fernando García Bilbao, gastrónomo

La historia de la gastronomía y la cocina está llena de ejemplos de platos sencillos y populares (de pescadores o agricultores y ganaderos, por ejemplo), que con el tiempo se han transformado en verdaderas delicias para el paladar, en aquello que se menciona como elaboraciones gourmet. Pero también hay casos, como el foie gras, que ya nacieron como un manjar de faraones.

Aquellas ocas eran animales sagrados, y se convirtieron en platos para el disfrute, en forma de hígado graso (foie gras). Y se destinaron ocas (y después patos) para la producción, por hipertrofia de sus hígados por engorde (es un proceso natural cuando migran), con higos secos, sésamo, hortalizas y, después, cereales como el maíz. Llegó a los romanos, pasó por los visigodos, y así, paso a paso, hasta nuestros tiempos.

Pues bien, mi buen amigo Rafael Rincón (El Trotamanteles), enorme gastrónomo, se ha propuesto reunir lo que ha denominado «Los 40 del Foie Gras», y resulta un orgullo estar dentro de ese listado de periodistas y gastrónomos varios (yo debo ser el infiltrado). La idea es una exposición personal sobre este delicioso producto.

Siempre he sido de disfrutar con la comida y la cocina, desde muy joven, pero no es menos cierto que, como mucha gente en España, durante un tiempo mezclaba paté con foie. Aquello de la «Tapa Negra» algo nos confundió, y entiendo que sin mala intención (en pequeñito ponía paté), ¿qué creéis? ¿Decíais foie gras o paté?

Y es que todavía hay quien cree que lo de mayor calidad es el paté y no el foie gras, cuando un paté (que además puede serlo de otras muchas cosas, al ser una pasta con unos mínimos grasos) resulta más un derivado del hígado graso. Pues 100% higado graso es el foie fresco (perfecto a la plancha), el foie gras (conserva, con un proceso térmico) o micuit (semicocido); todo lo demás, con distintos porcentajes, es bloc, paté u otras fórmulas.

Pero vuelvo a mi experiencia vital. Casi de niño, creo recordar, fue cuando disfruté por primera vez de verdadero foie gras, en formato micuit, que siempre me ha gustado pasado ligeramente por congelador antes de su uso, y que además permite trabajarlo en virutas y lascas, para distintas combinaciones.

Y muchos años después, mi hija menor es la que se convirtió (y sigue en ello) en una apasionada del buen foie gras. Desde muy pequeñas, siempre nos ha gustado que nuestras hijas prueben manjares de primera calidad, y decidan por ellas mismas lo que les gusta o no, así que cuando casi no levantaba un palmo del suelo, Laura se aficionó…hasta tal nivel que en alguna ocasión se ha preparado un buen bocadillo de foie gras; sí, como lo digo, y es que siempre he dicho que mejor un bocadillo con un buen relleno (es como hacer una sangría con un buen vino; seguro que estará mucho mejor).

Anécdotas aparte, en casa creo que nunca dejaremos de ser consumidores de foie gras, por su calidad, por su sabor y por su versatilidad (no han sido pocas las pruebas que he realizado con legumbres y arroces).

Me gusta solo con un poco de sal en escamas, con un toque de mermelada (que le aporte acidez), acompañado de un buen Sauternes y en distintos fórmulas de ensalada, con notas de fruto seco. Pero creo que una de las combinaciones que más me agradan es la que lo empareja con higos (y no para tomar de higos a brevas), rematado con un ligero nivel de sal y pimienta.

Os voy a dejar un par de datos interesantes, a tener en cuenta: España es el cuarto productor europeo (y a su vez mundial), pero es que, además, somos el segundo consumidor mundial, y es que siempre nos gustó comer bien.

En definitiva, dame pan…..pero ponle un poco de foie; luego, si quieres, me llamas tonto.

Fernando García Bilbao

Gastrónomo. Entre Gin Tonics, vinos y buenos manjares…

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Del bocadillo de paté de la infancia, al bombon de foie gras de Can Roca

diciembre 28, 2020 de elfoiegras

Eva Celada, Periodista, escritora y gastrónoma

Lo mejor de aquel bocadillo de paté ‘La Piara’ era el pan, aunque el anuncio televisivo de la marca: “más bueno que el pan”, dijera lo contrario. Aquel pan era blanco, crujiente, con una miga ligera que se mezclaba con esa untuosa crema con sabor salado que lo hacía aún más jugoso.

En definitiva la merienda o el bocadillo del recreo, se tomaba en un segundo.

Como hacía el cocinero Dani García, que añadía a las lentejas de su madre quesitos para hacer más solvente la salsa, yo, siendo niña, a mi bocadillo de paté, le añadía mermelada para disimular ese regusto del hígado de cerdo potenciado con aditivos.

Prefería sin lugar a dudas el bocata de chocolate, o incluso en plan pobre el de aceite con azúcar.

En los años sesenta de mi infancia no se cuestionaba demasiado el origen de los alimentos, bastante tenían las madres con poner comida en la mesa cada día para familias, en muchos casos numerosas.

En las tiendas de alimentación o mercados, aún no habían desembarcado en nuestro país las grandes superficies, había poca variedad y menos cantidad de productos.

En mi Palencia natal se las llamaba Tienda de Comestibles, y alguna de mayor envergadura se denominaba Tiendas de Ultramarinos, supongo que porque tendrían algún producto de otras latitudes.

Pasada la infancia, olvidé aquel famoso paté, nunca se lo ofrecí a mis hijos. Tampoco lo utilicé para hacer canapés o tartaletas e incluso lo obvié para los famosos canelones.

Aquel paté de cerdo se transformó, gracias a Dios, en su excelencia el Foie o hígado de pato y su descubrimiento debo agradecérselo a la alta cocina, en cuyos restaurantes pude disfrutar, sin equívocos, de platos sublimes como el Milhojas de foie y manzana de Martín Berasateguí o el Bombón de Foie del Restaurante Can Roca.

Puesto en el plato con unas tostaditas, ya lo había tomado anteriormente en el menú degustación, uno de los primeros que pude disfrutar en mi vida, en el restaurante Cabo Verde, que entonces denominaban como menú Largo y Estrecho, también en el elegante Zalacaín, maridado por el insigne Custodio con un vino dulce, ahora no recuerdo cual.

El flechazo con este producto ha durado hasta hoy, aunque he de reconocer que si me excedo en su consumo no me sienta bien.

Recuerdo un menú degustación en Can Roca en el que se ofrecían tres platos con foie gras. A las cinco de la tarde debía coger un avión de Girona a Madrid, y en el aeropuerto creí no poder contarlo a mis descendientes, me puse malísima.

No seré yo quien descubra que el foie es una de las grandes exquisiteces de la gastronomía mundial junto con otras como el caviar o el jamón ibérico de bellota.

Muchas marcas francesas los hacen extraordinarios. También la empresa palentina Selectos de Castilla tiene productos como el foie gras y otros derivados del pato que son una maravilla.

Muchas personas desconocen que es el Foie y es muy sencillo, el foie o foie gras (se puede decir de las dos maneras) es el hígado graso del pato, y es graso porque el pato esta embuchado y ha acumulado gotitas lipídicas en su interior.

El embuche realizado en granja no va en contra de la naturaleza del animal, ya que al ser un ave migratoria come en exceso antes de emprender sus largos viajes, acumulando grasas poliinsaturadas en el hígado, principalmente. Esta grasa le permite tener reservas de energía mientras recorre miles de kilómetros en un solo vuelo.

Su sistema de embuche por tanto es natural en su fisiología. La forma de embuche del pato es importante. La citada empresa Selectos de Castilla (no me pagan, lo prometo) cuentan con el certificado «label Rouge», que garantiza la cría de patos imitando al engorde de su propia naturaleza, y que se hace en 14 semanas como mínimo, más otros 14 días como mínimo para el embuche y, lo más importante, se alimentan con maíz en grano y no con papilla, que es como fuerzas a que se alimente sin control. Con el maíz en grano el pato digiere lo que decide él. Desafortunadamente este certificado de garantía solo lo tiene esta empresa en nuestro país.

El tuétano es el foie más español, algunos restaurantes como el de Sacha Ormaechea o Vaca Nostra lo sirven templado aderezado y acompañado de unas tostaditas.

Sin duda es también una delicia, pero aun así nada comparable con el foie de calidad que debe tomarse despacio disfrutándolo con un buen vino, a mí me encanta con champagne.

Eva Celada

Periodista, escritora y gastrónoma

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