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40 rutas del foie

Foie gras

diciembre 23, 2020 de elfoiegras

Eufrasio Sánchez, Colaborador de Yantar

Me pide Rafael Rincón, distinguido “trotamanteles”, que le eche una mano en su cruzada, en su acción en pro del Foie gras, como reacción a lo que considera una <<multitud de mentiras y manipulaciones que sobre él sueltan ciertos talibanes proanimalistas que si les dejásemos acabarían con los patos, conduciéndolos a la extinción>>.

No lo dudé. Escribir sobre el foie gras (hígado graso); elemento gastronómico de primerísimo nivel excita mis papilas gustativas y mi pluma a modo de espada para sumarme a sus huestes en defensa del preciado alimento y de librar a estas aves de su aniquilación, en la que se verían inmersos si llegara a producirse la prohibición de su cría, privándonos del hedonismo y deleite que su degustación nos proporciona, como venía sucediendo desde las antiguas civilizaciones.

Aunque según parece, los egipcios ya practicaban el cebado de las ocas, el erudito gastrónomo Nestor Luján, atribuye la autoría de ser el primero en atrofiar los hígados de la oca al romano Scipio Metellus, en el siglo I a. C.. La etimología de la palabra hígado se explica entrando de lleno en la filología. Oca era, en latín clásico, jecur.

Cuando Scipio Metellus decidió hipertrofiar el hígado de las ocas, lo hizo atiborrándolas de higos marinados en leche y miel. Así lo cuenta Apicius <<… Después, aparecen los sirvientes y traen en una bandeja, con una grulla macho ya trinchada y el hígado de una oca blanca engordada con higos>>. Jecur Ficatum -de Ficus, hígado- era, pues, en términos gastronómicos, el hígado de la ocas deformado por los higos. De ahí, en el bajo latín, se pasó a usar el adjetivo por el sustantivo: desapareció jecur y quedó solo el exadjetivo ficatum, de donde viene la palabra española hígado y la francesa foie. Sin las ocas y la gastronomía, esta víscera seguro que tendría otro nombre.

El origen de la conservación del foie gras se sitúa en la segunda mitad del siglo XVIII. El cocinero del Mariscal de Francia, el Marqués de Contades, llamado Close, conociendo el gusto que tenía el marqués por el foie gras, inventó el procedimiento de conservarlo envolviéndolo en una especie de telilla de grasa de ternera. El éxito de Close fue fulminante. Y es que, para los franceses, además de ser considerado patrimonio cultural, el foie gras resulta el fruto supremo de su gastronomía, como lo es para muchos de nosotros, españoles rendidos a esa rara combinación de suavidad y firmeza y a su grato aroma, a su aspecto, sea rosado o marfileño; y a su sabor que en unos casos se revela lentamente y en otros de modo más directo.

Esperemos que en España no llegue a calar la decisión judicial que se produjo en California, que prohíbe tanto la producción como la comercialización del foie gras, dejándose llevar por la creencia de que el engorde de las aves se produce de manera forzada. Basta con demostrar que en nuestras granjas se cumplen los requisitos exigibles para el bienestar del animal, sin que se produzca ningún maltrato.

No sé si en todas las granjas de nuestro país se utilizan las buenas artes debidas, pero de lo que no me cabe duda es de que en muchas de ellas el modo de alimentación es el correcto, con el maíz como protagonista principal de su dieta, y con unas placenteras condiciones de vida, y que su sobrealimentación nada tiene que ver con las denunciados tormentos ni con la pretendida crueldad de la que son acusados los productores por parte de las organizaciones pro-derecho de los animales. Que no nos amarguen la vida, privándonos del goce de las cualidades gustativas de este precioso manjar.

Eufrasio Sánchez, Colaborador de Yantar

Crítico Gastronómico

Articulista de Opinión

Colaborador de Yantar

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Publicado en: 40 rutas del foie

No se libra nadie

diciembre 22, 2020 de elfoiegras

David Ruiz Arranz, Director en David GastroMarketing

Hasta el foie está politizado. Lo queramos o no, nos guste más o menos, todo en esta vida se politiza. Y si no que se lo digan a los patos, que hasta cuatro individuos con el lema de ser animalistas le sacan rédito político a su hígado.

Quizá no valga de mucho la pena hablar de cómo es el proceso de cría del pato, especies, controles de calidad y demás datos para intentar convencer de que no se está haciendo nada malo, por ello hablaremos de otros temas quizá más “morales”.

El tema de “foie sí” o “foie no”, se debe enfocar, bajo mi punto de vista, desde tres ámbitos: el amor a los animales, el amor a la gastronomía y la libertad. Quizá esta última sería la que debería reinar en cualquier aspecto de la vida, pero de nuevo, hay un puñado de individuos, que se empeñan en hacer cambiar todo lo que llevamos recorrido. Adentrémonos en esos tres ámbitos mencionados anteriormente.

El amor a los animales. Nadie discute que hay que amar, apreciar, valorar y cuidar nuestro medio ambiente y con ello, a los animales. Por activa y por pasiva, nos quieren “lavar el cerebro” y hacer ver que el ser humano es el lastre del universo con frases como “los taurinos son unos asesinos”, “los gallos violan a las gallinas” o que “se ceban a los patos para engordar su hígado”.

Probablemente un animal salvaje nunca haya recibido más amor en su vida que estas aves por parte de su propio ganadero, el cual, mima, cuida e invierte mucho dinero (para, a veces, recibir muy poco a cambio) poniéndolo todo para que sus animales nos lleguen en perfectas condiciones a nuestras mesas.

La labor del hombre en el medio ambiente es clave como por ejemplo la caza, que en muchas ocasiones descargan de posibles plagas de jabalíes, liebres y conejos hectáreas de terreno agrario para que no se coman esas ricas verduras que tanto gustan a los animalistas.

¿Qué diferencia hay entre un pato y el famoso Marrano de San Antón? Que el cerdo de San Antón va libremente por un pueblo siendo alimentado/cebado por los vecinos y después se sacrificará para realizar la matanza, vale, giremos la cabeza y digamos que el cerdo no sufre. Y, ¿por qué el pato sí? Toda una incógnita… Miles de años se llevan criando patos y usando su hígado como alimento y la sociedad ha seguido avanzando, tan mal no estará la práctica de la cría de patos, ¿no?

El amor a la gastronomía. En este ámbito, creo que sobra hablar de las bondades de este producto. Una materia prima que nos transporta involuntariamente a Francia pero que aquí en España estamos sabiendo introducir en las cartas de los restaurantes. Foie gras fresco, foie micuit, mousse de foie, a la plancha, flambeado, rallado sobre una pasta, disuelto en una salsa… Innumerables son las recetas y los usos de este maravilloso producto.

Recientemente pude disfrutar de unos medallones de foie a la plancha en un arroz meloso con setas. Con el calor del arroz, el foie se fundía y otorgaba un brillo, una melosidad y un sabor espectacular al arroz.

¿Por qué cargarnos todo esto? Nadie sabe por qué el ser humano se empeña en deshacer y autodestruir todo lo hecho a lo largo de los años. En la gastronomía es sin duda un ingrediente clave y forma parte de la evolución culinaria que se lleva desarrollando desde varios años atrás, ¿nos pueden explicar los activistas animalistas por qué ingrediente debemos sustituir el foie, el magret o el confit? Ya sabemos la respuesta, por tofu…

La Libertad. Quizá este tercer y último ámbito, debería ser el que más reluciera, pero lamentablemente, no lo es. ¿Por qué en las últimas décadas, principalmente la última, da la sensación de que no se puede hacer lo que uno quiera? Respetando siempre a los demás, claro está.

Hay que abogar por la libertad de ideología, de religión, de expresión… y sí, también por la libertad de alimentación. Libertad de alimentarnos a base de los productos que deseemos.

Al igual que unos respetan que ciertas personas deciden consumir productos que no sean de origen animal, también deberían respetar que otras personas decidan consumir productos de origen animal. Eso es la libertad.

Probablemente con esta batería de artículos a favor de la cría y consumo del pato, no consigamos hacer ver que no estamos cometiendo un delito ni haremos cambiar de opinión a los que lo critican, tampoco lo pretendemos, pero sí que esperamos que les dé por pensar en esa libertad que hemos mencionado y reclamamos.

David Ruiz Arranz, Director en David GastroMarketing

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Confieso que he comido mucho hígado de pato

diciembre 21, 2020 de elfoiegras

Concha Crespo, periodista gastronómica.

Mi querido Rafael Rincón me pide que escriba algunas de las experiencias vividas a propósito del foie gras y después de darle algunas vueltas he de empezar confesando que siempre tengo en mi nevera algún “ejemplar”, fresco, congelado, semicocido… para las grandes ocasiones (que si no llegan solas procuro inventarme con frecuencia). Mis amigos Miguel y Christa, viajeros infatigables acaban de traerme uno de Austria que vamos a comparar con el anterior que me compraron en Alsacia…

Podría detallar el impacto que causó en mí ver cómo embuchan a los patos…fue durante una grabación para Madrid Directo en Alsasua.

Podría narrar aquel viaje bucólico a Las Landas donde, ví (en familia) patos y ocas campar a sus anchas “felices”.

Podría compartir la receta del maestro Miguel López Castanier, tantas navidades reproducida en directo para Telemadrid…

Recuerdo el desvenado minucioso especialmente, y el chorrito de coñac antes de introducir en el horno.

Incluso me viene ahora a la memoria aquel foie gras, vuelta y vuelta en la sartén que me sentó tan mal como para dar vacaciones a este manjar durante unos años.

Antes, el erudito Luis Cepeda me había agasajado en su casa con unos magníficos filetes de hígado graso de pato, según receta de otro maestro, Salvador Gallego.

Sinceramente, hace mucho que perdí la cuenta de tanto foie como hemos comido, sobre todo durante la época de las vacas locas…tanto como para volver a estar un tiempo sin querer oir ni su nombre.

Hoy ya reconciliada sobre todo con el micuit no se me ocurre nada mejor que recurrir a Pablo Neruda para echarle los piropos que se merece. Creo que yo no lo podría escribir mejor, ja, ja!

Atención al poema que dedica al foie-gras en su libro «Comiendo en Hungría»:

“Hígado de ángel eres! Suavísima substancia, peso puro del goce!. Sacrosanto esplendor de la cocina: compacto es tu regalo: es intensa su estática riqueza, tu forma: un continente diminuto: tu sabor toca el arpa del paladar, extiende su sonido en los tímpanos del gusto, y desde la cabeza hasta los pies, nos recorre una ola de delicia».

Concha Crespo

Periodista gastronómica

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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La culpa es de mi abuela

diciembre 18, 2020 de elfoiegras

Carlos Santos, Periodista Director de «Entre dos Luces»

A mi amigo Adrián y a mí nos llevó meses planificar nuestra primera incursión en el Jockey, que entonces pasaba por ser uno de los restaurantes mejores de Europa aunque, para mi gusto, era mucho más interesante e innovadora la cocina que en esos mismos años hacía Ramon Roteta en El Amparo, donde, además, nos dejaban entrar sin corbata y el equipo de Carmen Guasp nos trataba como reinas.

En Jockey -como en Horcher y Zalacaín, con quienes compartía el podium- la corbata y la chaqueta eran obligatorias, por esa anacrónica costumbre, aún vigente, de identificar calidad con exclusividad y exclusividad con ranciedad. Hablo además de unos años, primera mitad de los 80, en los que la democratización de la alta cocina ni estaba ni se esperaba.

El asalto al Jockey nos llevó meses de preparativos, ya digo, porque ya entonces teníamos unos sueldos miserables y llevaba un tiempo ahorrar la pasta suficiente para entrar en uno de esos templos tan sagrados. Nos la gastábamos con alegría, eso si. La comida la empezábamos con Dry Martini, la terminábamos con un Partagás 8-9-8 y de camino pasábamos con soltura por el champán o el cava (desde unos meses antes se llamaba así, cava) por los tintos de crianza y reserva y por los territorios más inaccesibles de la carta.

La primera vez que fuimos al Amparo fue para celebrar que cerraban el periódico donde trabajaba y me queda a en el paro.

-Cuarenta talegos me van a dar, Adri. Invito a cenar en un sitio que he leído que estuvo la otra noche el Rey y tiene una pinta cojonuda,

Al Jockey fuimos un par de años después, cuando ya teníamos empleos un poco más estables, aunque con sueldos igualmente miserables, dispuestos a emplear en una cena el salario de un mes, aunque luego dejáramos a deber las copas de El Avión, de la calle Hermosilla, donde invariablemente terminábamos la noche. No nos costó ningún trabajo.

Nos dejamos aconsejar en los vinos y nos tiramos a la parte alta de la carta, donde ocupaba un papel estelar… el foie gras, el famoso foie gras del Hockey al que solo accedían los directivos de Caja Madrid, los ministros y unos cuantos privilegiados más, montados en el dólar como ellos.

Esa noche probé el fuagrás por primera vez, comprobando que no tenía nada que ver con lo que me ponía mi madre en el pan para merendar, con el mismo nombre, y esa noche llegó a sus peores extremos una relación que nunca sería fácil. Antes de salir del exclusivo local tuve que pasar por su exclusivo cuarto de baño para devolver el foie enterito, con exclusivos espasmos y procurando no salpicar la corbata. Pasarían muchos años hasta que, ya entrados los 90, cuando era imposible dar un paso por la España moderna sin que te lo pusieran sobre la mesa, volví a probar fortuna con el foie gras, con quien ahora mantengo un romance ocasional, placentero y agradable.

De todos modos, mi relaciones con el hígado, en general, y con el foie, en particular, nunca han sido fáciles. La culpa es de mi abuela. Rosario López -que así se llamabaideó un mecanismo para que durante la comida no pudiéramos escapar de la mesa, la enorme mesa de madera de su cocina que un carpintero construyó siguiendo sus precisas instrucciones: los niños se sentaban en el escaño pagado a la pared y entonces ella bajaba el pesado tablero que nos dejaba como única salida la de escurrirnos por debajo, operación nada fácil porque el tablero era bajo y el escaño, muy alto. Una vez que nos tenia bajo control, ponía el filete de hígado sobre la mesa y nos obligaba a comerlo, con toda suerte de amenazas y engaños, convencida de que en ese filete hígado residía el secreto de nuestro crecimiento y nuestra salud futura.

Tardaría muchos años en reconciliarme con semejante personaje, en todas sus manifestaciones. Por suerte, en esa cocina aprendí también el amor por la empanada y el caldo gallego, la curiosidad por los sabores y el interés por la cocina de raíz, con la que me sigo nutriendo incluso cuando de esas raíces salen ramas de muy alta creatividad.

La reconciliación con el hígado, en general, la conseguí gracias a los higadillos de pollo, que hacen por toda España en mil maneras y todas con mucha gracia, a los guisos de conejo, donde yo lo hago pasar primero por la sartén y el mortero, las fritadillas, las asadurillas y los encebollados varios, que me encantan.

Por lo que respecta al feliz reencuentro con el foie, tras el desgraciado episodio iniciático del Jockey (jamás he devuelto tanta pasta en tan poco tiempo) contribuyeron viajes por países como Hungría o Francia donde me enseñaron que el foie gras, más que un sabor o un producto, es un elemento sustancial de la cultura. Y si te lo arrimas con un Sauternes o con determinadas criaturas del Marco de Jerez, ni te cuento.

Carlos Santos

Periodista Director del programa’ Entre dos Luces’, de RNE, tertuliano

en Al Rojo Vivo, de La Sexta y presentador en Grupo Gourmets.

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Memorias del foie gras

diciembre 17, 2020 de elfoiegras

Carlos Maribona, periodista gastronómico.

Comía hace unas semanas en Yume, un restaurante de Avilés que me gusta especialmente. No es un sitio puntero, ni especialmente célebre, pero su cocinero, Adrián San Julián, lo hace muy bien. Puntos perfectos y fondos impecables. Dentro del notable nivel general, una de las cosas que más me gustó fue un foie-gras curado con maíz en texturas. Le van muy bien al hígado el toque dulce del cereal y el punto cítrico de la crema base.

Me gusta que los cocineros, jueguen en la liga que jueguen, trabajen el foie-gras. Mientras disfrutaba de este plato recordé que tal vez me queden pocas ocasiones de comer un producto que me encanta y que está en un preocupante peligro.

Se trata sin duda de una de las mayores exquisiteces de la gastronomía, pero atraviesa tiempos difíciles.

Lo políticamente correcto ha llegado también al mundo de la cocina y los movimientos animalistas han incrementado su cruzada contra este hígado graso de ocas y de patos que durante siglos ha hecho las delicias de los gastrónomos.

El último paso, por el momento, es el que ha dado el Ayuntamiento de Nueva York, que tomó el acuerdo de prohibir la comercialización del foie-gras en toda la ciudad. Aunque la medida no se aplicará hasta el año 2022, ha reabierto una agria polémica que en Estados Unidos comenzó ya en 2004 cuando el estado de California aprobó la primera ley que prohibía la presencia de estos hígados en tiendas y restaurantes.

Los criadores de aves estadounidenses y canadienses y algunos restaurantes emprendieron una batalla legal en su defensa, batalla que llegó a su fin el pasado mes de enero cuando el Tribunal Supremo ratificó la ley californiana. En el caso de Nueva York, cualquier establecimiento que venda, sirva, o incluso almacene este producto se expondrá a cuantiosa multas de entre 500 y 2.000 dólares, multas que, además, podrán renovarse cada 24 horas.

En otras ciudades como Chicago también se aprobó una prohibición en 2006, pero la presión popular obligó a revocarla dos años más tarde. Curiosamente, en el estado de Nueva York se encuentran algunos de los más importantes elaboradores de foie-gras de Estados Unidos. Granjas como Hudson Valley y La Belle Farms ya han emprendido medidas legales contra una ley que les va a perjudicar de manera notable.

La guerra del foie-gras responde a la acusación de las asociaciones animalistas de que en la forma de obtenerlo hay crueldad hacia los animales. Es cierto que en algunos casos, para lograr que los hígados se desarrollen, ocas y patos reciben durante unos días una alimentación forzada a base de maíz. En dos o tres semanas, el hígado, que pesa al principio poco más de ciento treinta gramos, llegará pesar más de medio kilo.

Estas aves disponen de una capacidad natural para acumular grasa en su hígado, algo que les permite realizar sus largas migraciones de norte a sur.

Fue en el antiguo Egipto donde primero se puso en práctica este sistema de engorde artificial, adoptado posteriormente por los griegos y, sobre todo, por los romanos, que eran grandes consumidores.

Pero sin duda ha sido Francia el país que mejor ha sabido sacar provecho del foie-gras. En una envidiable defensa de uno de sus productos más emblemáticos, en 2006 fue proclamado patrimonio gastronómico y cultural protegido. En el país vecino se producen al año unas 27.000 toneladas de hígados grasos, el 75 por ciento del total mundial, de los que dos terceras partes se exportan a todo el mundo.

Algunos países como Gran Bretaña y todos los de la Unión Europea, tienen leyes que prohíben que se elabore en su territorio, pero no que se consuma. Si lo permiten, la cría y elaboración, cinco, Francia, Hungría, Bulgaria, Bélgica y España.

En nuestro país también se produce un buen foie-gras, especialmente en Navarra, Castilla y León y en Cataluña, aunque en cantidades pequeñas. Sin embargo, somos uno de los países del mundo con mayor consumo. Al menos mientras nos dejen.

Está claro que a los españoles nos gusta mucho, pero tal y como están las cosas tal vez nos quede poco tiempo para disfrutarlo.

Por suerte soy mayor, porque no me gustaría vivir el momento en el que el foie-gras, en lugar de en el plato, que es donde debe estar, sólo esté en nuestra memoria.

Memoria del académico e impecable foie-gras a la sal del gran Santi Santamaría; de los sutiles tratamientos que le da Josean Alija; de la elegancia y clasicismo del que prepara en caldo de garbanzos Hilario Arbelaitz en Zuberoa, o, sencillamente, memoria del foie-gras mi-cuit, con sus correspondientes tostadas, un contrapunto dulce y una copa de buen Sauternes, en cualquier bistrot de Francia. Que Dios, y las autoridades, no lo permitan.

Carlos Maribona

Periodista gastronómico. ABC y blog Salsa de Chiles. Premio Nacional Gastronomía 2016

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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Aquellos banquetes con foie…

diciembre 16, 2020 de elfoiegras

Andrés Sánchez Magro, gastrónomo, editor de El Gatogourmet

Se dice que el foie gras es uno de los productos míticos de los gourmands, junto al caviar, las angulas, el jamón ibérico y la trufa blanca. Y a fe que es codiciado por su intenso sabor, su trazabilidad rara y la indómita voluntad de los productores frente a modas y tiranías bienpensantes.

¿ Siempre fue así?. Desde luego si uno repasa los menús de la aristocracia pudiente de nuestro país, en los tiempos en que los ricos eran orondos y no sabían lo que era una maratón que no fuera la de la Grecia clásica, el foie gras ocupaba lugar privilegiado. Todo en un ambiente marcado por la entronización de la comida francesa.

Así, no era raro encontrarse con menús en lengua gala de arriba abajo. Así, se puede leer la cena de gala del Gran Casino de Madrid el 1 de septiembre de 1903, cocinada por Gastón, donde se sirven el potage, relevé, poisson, legume y rôti, y como entrée unas coquilles de foie gras en Bellevue. O el banquete en honor del Archiduque Carlos que ofreció la Reina Regente en 1888 y donde la estrella cuentan fueron unos escalopes de foie gras a la bohemienne.

Mundos que quedan en la nostalgia por elegancia, toques decadentes hoy con nuestra mirada pero donde frente a las difíciles circunstancias de una nación tras el 98, y con grandes dosis de analfabetismo y dificultades de subsistencia, la magia de la cocina francesa adquiere notas legendarias.

Un aspic de foie gras colocada en una gran mesa, y en vajilla de plata, en algún caso con las ramas de alguna orden, da motivo para la literatura y las conjuras chestertonianas.

Precisamente en ese año fatídico de la pérdida de Cuba y Filipinas, el 23 de enero, en el Palacio Real se sirvió cena con supremas de foie gras au Johannisberg. Asistieron Ministros, caballeros del Toisón, Prelados, Presidentes de los Altos tribunales, y todo tipo de autoridades… Eso sí, al foie, con un detalle castizo, le siguieron ¡¡¡asperges d´Aranjuez¡¡¡

Una España de primeros del XX con todos los conflictos abiertos y de negro horizonte pero que tenía el foie gras como objeto de deseo.

Es célebre del anuncio de inicios de 1918, donde una oca con una corona decía “Con alegría muero por el Foie gras Siberia”, la marca por excelencia de la época con una calidad insólita para las industrializadas y vulgares que hemos conocido en la últimas décadas y cuyo nombre preferimos omitir.

Por aquella época los emergentes negocios de ultramarinos, como el mítico de Agustín Piñero, con sede en la madrileña calle Arenal ( y sucursales en Paseo de Recoletos y Génova) ofrecían como delicatesen las tarrinas de foie gras, anunciando incluso el día como gran primicia en que estarían disponibles. Y como detalle comercial, se ofrecía a los señores que gusten favorecer esos establecimientos ser servidos con gran puntualidad…Los diarios como El Imparcial, El Heraldo de Madrid, o el fugaz La Monarquía, anunciaban regalos de navidad entre los que destacaba con fuerza el foie gras.

El foie como ilusión, como signo de identidad de una cocina francesa a la que venerar. Nunca desparecerá la estela de un producto que encierra tanto simbolismo para vestir una mesa o justificar un ágape.

Porque además entronca y sirve de tributo a uno de los imaginarios más refinados como es el campo galo. Las explotaciones agropecuarias de nuestros vecinos motivan numerosos viajes reales o soñados.

De aquellas cenas de rigodón queda la memoria, y hoy la gastronomía sufre los avatares de productos que aparecen y desaparecen por modas y la tiranía de lo llamado saludable.

El foie en el desarrollismo y en la transición se convirtió en “fuagrás”, conviviendo con una tendencia snob de consumir buen hígado de pato fresco como signo de distinción para los burgueses de nuevo cuño justo cuando despegó nuestra cocina en los dorados 80.

Hoy vivimos tiempos de equilibrio, y el foie está donde debe estar, a pesar de la desconfianza ignorante respecto a la gran cocina afrancesada. Aunque esa manía de laminar y de vestir platos para incautos no sea lo más relevante ni sabroso.

Cenas de gala, ocasión para disfrutar de ese enorme paté de foie gras de Strasbourg en forma de baluarte, del que pontificó Brillat-Savarin como ejemplo de refinamiento.

Foie gras que estaba en el interminable elenco de platos de la fabulosa cena de 145 platos en un Hotel neoyorquino en 1867. Y por supuesto en la gran agenda de amores perdidos detrás de algún recuerdo en París.

Artículo publicado por @ElTrotamanteles 

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